15/1/12

AQUELLO QUE NOS FALTA



Progreso (desconexión/conexión)

El hombre y la sociedad evolucionan no sólo desde la concepción económica o tecno-científica que caracteriza la mayor parte de la cultura de nuestros días, sino también en base a la justicia social y las grandes virtudes eternas (aquellas que se sintetizan en la ética universal). Sólo teniendo en cuenta los diferentes lados del prisma social e ideológico desde lo político, pasando por lo moral y llegando a lo más ontológico, podemos hablar de auténtica evolución. De lo contrario pecaríamos de simplistas, si sólo consideramos el aspecto estrictamente material.

Un país puede estar muy evolucionado tecnológicamente y, al mismo tiempo, una parte considerable de ciudadanos y colectivos presentar agudos síntomas de ansiedad y/o depresión, crisis existencial, etc; se puede tener una alta renta y unas prestaciones sociales realmente acomodadas, pero adolecer de falta de empatía, mezquindad y neurosis varias. En este caso, ¿estaríamos realmente hablando de evolución? No, sólo en la apariencia podría parecerlo.

Navegamos en una gran mentira colectiva que trata de decirnos implícitamente que la solvencia económica, el culto al cuerpo y el consumismo que explotan las grandes multinacionales son las variables que nos otorgarán bienestar. Pero ni las finanzas, ni los gobiernos, ni siquiera los laboratorios o la ciencia van a conducirnos a la felicidad, ni mucho menos a la salvación de nosotros mismos, entre otras cosas porque la felicidad es un camino interior, atañe exclusivamente al ser interno (espiritual). No se hace hacia fuera; sumergiendo nuestra conciencia en el materialismo, la liberación de los (bajos) instintos o la competitividad.

En mayor o menor medida, fluctuamos en una esquizofrénica realidad: por un lado somos los seres vivos de este planeta que más han progresado a nivel científico, pero, al mismo tiempo, somos una especie que ha perdido el rumbo.

El hombre disociado de la divinidad siempre será un completo incompleto. Sin integrar en nuestras vidas un concepto (global y racional) de lo que puede ser aquello que llamamos “Dios”, el ser humano no llegará a completarse realmente en la existencia, o lo hará aparentemente bien (en la superficie que confieren los convencionalismos socio-culturales), pero interiormente estará fragmentado, alejado de su ser interno, y, por lo mismo, del fluir de las cosas y del orden universal impreso en el mismo cosmos.

Somos seres de luz en continuo aprendizaje, perdidos en mayor o menor medida por una excesiva identificación con las formas materiales y transitorias que, sin embargo, son el marco necesario para nuestro aprendizaje y evolución. Este es el gran reto evolutivo: vencer los automatismos de la mente superficial y las falsas necesidades que el ego impone, haciendo prevalecer el factor <<espíritu>>.

Sobre la desconexión o separación (ilusoria, en cualquier caso) del orden superior que late dentro de la aparentemente azarosa y accidentada vida, Eckhart Tolle, uno de los más lúcidos representantes de la nueva espiritualidad, escribe: Esto es una percepción fragmentada de la totalidad de la vida, en la que todo está interconectado, donde cada suceso tiene su lugar y su función dentro de la totalidad. Pero la totalidad es más que la apariencia superficial de las cosas, más que la suma de sus partes, más que todo lo que contiene tu vida en el mundo…

El instrumentalismo cultural, el materialismo (dialéctico o científico) o el capitalismo, por si solos, son del todo incapaces de dirigir los rumbos del ser humano, aunque solo sea porque la esencia de este no es un constructo instrumental, sino humano y trascendental.


Ser “espiritual”

La espiritualidad no tiene forzosamente que ver con lo religioso. Se puede ser espiritual y no profesar religión alguna, como se puede ser muy religioso y, en el fondo, nada espiritual.

Las conquistas de la medicina y los adelantos tecnológicos, no han logrado acercar al hombre así mismo y a los demás. Así como (sin entrar en excepciones honrosas, que nunca faltan) las religiones fracasaron en el pasado a golpes de fanatismo y/o sed de dominio y poder, la ciencia (que en pleno positivismo decimonónico fue ensalzada como la única “Diosa”) tampoco lo ha logrado, agotándose en el materialismo y el orgullo.

No obstante, a la vez que ciertas corrientes del escepticismo y el pensamiento nihilista van mermando las bases de la fe, igualmente, van minando las bases esenciales de todo el orden social…y esto, invariablemente, nos conduce a los errores de los abusos y el instinto desatado, el reparto injusto de la riqueza y la desesperanza, donde mueren los altos ideales que ha todos nos une.

Llega un momento en la vida de muchas personas en la que estas buscan crecimiento… experimentan de una u otra manera una extraña y tenue necesidad de expansión (y no nos referimos a cosas relacionadas con el plano intelectual, sentimental o económico). Al fin y al cabo toda forma conlleva limitación y, como seres eternos que somos, no estamos aquí solo para experimentar la limitación de las ideas y las formas temporales), es un crecimiento más profundo y esencial, una “sed” de elevación por encima de lo efímero y lo material que constituye nuestro universo inmediato.

Cuando el espíritu se sumerge en la carne (lo que representa cada existencia) es prioridad de su atención las exigencias de su campo biológico y de la personalidad que, al fin y al cabo, constituye su realidad más inmediata (aunque no la única). Es por ello que tendemos a olvidar  nuestra realidad espiritual. Gracias a la comprensión que el Espiritismo nos ofrece, podemos hacernos conscientes de esto y combatir nuestro personalismo, como espíritus inmortales que somos.

Precisamos, cada cual dentro de su momento evolutivo y circunstancias personales, salir de la “horizontalidad” limitadora mediante la que observamos y sentimos la vida (en superficie), y despertar la conciencia (nuestro ser real y luminoso) a la imprescindible “verticalidad”, que es lo que otorga profundidad y sentido a la existencia. De esta manera se configura la dimensión ideal cuerpo (realidad pasajera)/ y espíritu (identidad real y eterna).





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