<<La ciencia y la religión son las dos palancas de la inteligencia humana>> El Libro de los Espíritus, 1857
Que duda cabe que la ciencia ha sido y es factor de progreso… como también lo ha sido la religión (cuando se ha apartado del integrismo y los intereses terrenales más inmediatos). Hoy, inmersos en el siglo XXI, en esta etapa especialmente convulsiva y agitada, como lo son todos los ciclos de tránsito, vivimos una época extraña en la que muchas cosas son vivenciadas de forma radical: sentimientos, aspiraciones, ideologías, etc., incluso el sentir científico no escapa de esto, y ahí tenemos las manifestaciones de exacerbado “cientifismo”… tan de moda.
Detrás de cada producto alimenticio hay un laboratorio que anima la venta del producto, detrás de cada enfoque filosófico un científico dictamina lo que “existe” y lo que no; cada año se pone de moda un enfoque científico relacionado con determinada rama, como cada año surge un trastorno nuevo para engrosar la clasificación del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (más conocido como DSM). Cierto es que se da una gran paradoja: al mismo tiempo las películas y series de contenido paranormal copan las audiencias y los libros de autoayuda y espiritualidad se venden por millones en todo el mundo. Quizá lo paradójico sea a veces un disfraz donde se oculta la verdad…
Tenemos bajo la manga una opinión (lo más reputada posible) de casi todo, se lleva tener “actitud” científica, y en muchas ocasiones, es como si pretendiéramos inconscientemente cubrir los huecos que dejó la hegemonía religiosa, como si así se solucionase el problema del ser. Pero no lo conseguimos… seguimos tan aturdidos como antes, incluso puede que algo más sarcásticos e insatisfechos (porque antes al menos teníamos el consuelo de lo trascendental).
Como en todo, es en el término medio donde está la virtud; más allá tanto de los excesos del pensamiento religioso como del paroxismo cientifista, también late la razón… y otras coordenadas de vida.
La ciencia, (¡Sí!) lo ha confirmado
Hoy, como en el pasado, muchas cosas existían antes de que la ciencia las descubriera o se decidiera a aceptarlas. Pero ya estaban allí… independientemente de la sanción a favor o en contra de los investigadores oficiales. Obviamente aún quedan muchas otras, incluidas algunas de las que hoy se rechazan por prejuicio o cultura. Un detalle importante que normalmente pasamos por alto, es que lo que entendemos como ciencia (con letra pequeña), o mejor, opinión y/o investigación científica, es sólo una dimensión de la verdad. Porque una cosa es impulsar la investigación y auxiliar el bienestar humano y otra es tomar los avances de nuestra pequeña ciencia de manera dogmática, de parecida forma que lo hacía el pensamiento religioso en tiempos pasados.
Ningún negador sistemático, a no ser que demostrara su obcecación y falta de perspectiva a base de “noes”, sería tan categórico ante lo que a su juicio no existe, se ve o no se ve, si se detiene unos minutos en los planteamientos de la física cuántica, la psicología transpersonal o la termodinámica. La misma ciencia pedagógica, en su aspecto antropológico, nos dice que no toda la realidad interna o externa (condicionada al fin y al cabo por la cultura y los procesos sociales) puede ser medida mediante la matemática o la física, es decir; que la realidad humana va más allá del instrumentalismo con el cual intentamos medirla y acotarla.
A menudo tratamos de anular o ridiculizar determinados aspectos de la variable metafísica con locuciones tan manidas como: <<la ciencia no lo ha confirmado…>> o <<esto no es científico>>, que solemos proferir cuando nos dejamos influir por la fuerza secreta de los estereotipos y etiquetas, ignorando que eso a menudo es un craso error. La ciencia ha confirmado en los dos últimos siglos cientos de estudios y experimentos sobre cosas que otros simplemente niegan (por comodismo o vanidad): que la mente es extracerebral, comunicación entre el mundo físico y el espiritual, estados alterados de conciencia, percepciones supra-normales…, hechos que confirman realidades como que convivimos con naturalezas físicas y espirituales (“vivos” y “muertos”) en continua interacción, que la mente es extracerebral y que el alma o espíritu es una de las fuerzas de la naturaleza.
Como decía Einstein: Todos somos ignorantes, lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas.
Que ciertos médicos, físicos o psicólogos no apoyen lo paranormal no implica que otros si lo hagan. La Ciencia acepta estas cosas como acepta todos los fenómenos empíricos u ontológicos insertados naturalmente en el conjunto de la vida; otra cosa es que el sector académico decida lo que es o no científico según sus miras humanas, del todo personales y en ningún caso absolutas. El científico materialista, limitado por las concepciones (ya superadas) del mecanicismo positivista de hace dos siglos, y el religioso circunscrito a los dogmas… se mueven en una frecuencia muy parecida. Los dos están fuertemente restringidos por los límites del ego y la ortodoxia. Incluso puede que sus propuestas sean de utilidad en el engranaje social, pero no alcanzarán vuelos más altos. Ser “científico” no implica necesariamente ser motor de progreso, del mismo modo que ser “religioso” (per se), no tiene porque indicar sinónimo de despertar espiritual.
Lo que vemos y sentimos es una construcción de nuestros procesos cognitivos, muy limitados por la biología que envuelve nuestras almas eternas, y muy condicionados por los estímulos de lo que entendemos como “ambiente real”. En una palabra: interpretamos y clasificamos continuamente la realidad, y por mucho que esté más o menos consensuada, es esencialmente una interpretación. Aquello que comprendemos como “realidad” es un prisma con muchas caras, y no todos estamos capacitados o inclinados a comprenderlas todas. Debemos tener la capacidad y tolerancia (la lucidez, al fin y al cabo) imprescindibles para respetar las opiniones que no comprendemos.
Si excluimos por sistema la variable espiritual de las pesquisas científicas, nuestro progreso marchara de forma notablemente más intermitente, quedándonos en la apariencia del avance racional, pero en realidad aún bastante alejados del Conocimiento.
También en las tradiciones espirituales veo un camino del saber, paralelo al de la ciencia, en el que se puede aprender algo sobre el mundo. A mi entender, todo conflicto entre ciencia y religión es un malentendido (Antón Zeilinger, físico austríaco).
Si volviese a vivir, me dedicaría a la investigación parapsicológica antes que al psicoanálisis. Freud (carta a H. Carrington).

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