29/1/12

FORMACIÓN ACADÉMICA Y FORMACIÓN HUMANA


El verdadero valor de un hombre se determina según una sola norma: en qué grado y con qué objetivo se ha liberado de su Yo.
 (Einstein)



La sabiduría es un proceso que va más allá del espacio académico (inclusive puede prescindir de este). Se puede tener una formación, la superación de las diversas áreas que constituyen los saberes reglados, etc., pero esto es instrucción. Por otro lado, tener el deseo de aprender y crecer buscando siempre la verdad y la edificación personal, no quedar limitado por el institucionalismo, y apostar por el compromiso social y humano es lo que realmente otorga un mayor o menor grado de sabiduría. Esta no queda sujeta a la validación del currículo académico (puesto que lo trasciende), se basta así misma y se autoabastece mediante la generosidad y la ausencia de proyección personal.

Con total seguridad, ni la tecnología, ni los títulos universitarios, ni los avances de la ciencia lograrán, por sí solos, evitar la decadencia moral de nuestra civilización. Sólo el Amor tiene la virtud de colocarnos en el camino cierto, mediante la solidaridad, la entrega fraterna y la unión de los pueblos. << La educación del alma es el alma de la educación>> (André Luiz)


De maya a nirvana

Sin la inmersión necesaria en el campo espiritual, el hombre asiste a un curioso fenómeno: progresa, pero no evoluciona. Sin la educación interior (la del alma), el progreso se ralentiza, por mucho que camufle las carencias del sistema en los avances de la industria y los logros de la técnica. Si el hombre se encuentra escindido en su psicología profunda, distanciado de su esencia (es decir, separado de sí mismo y de los demás), estaremos hablando de un progreso de superficie.

En el hinduismo y el budismo encontramos el término “maya”, que hace referencia al mundo aparente, ilusorio... ese que confundimos con el real (y que no obstante sólo es una apariencia fugaz). La verdadera realidad está en el término opuesto a maya, que es “nirvana”, la vida más allá de lo transitorio de las formas (lo espiritual o conciencia pura). Pues bien, cuando por prestado y engañoso condicionamiento cultural asimilamos la concepción materialista de la vida sin alma, adoptamos sin saberlo un patrón mórbido que actúa en contra de nuestra propia esencia (radiante e intemporal), y por lo tanto, entramos en conflicto con lo que parece, pero no es... y con lo que siendo, no nos parece que sea.

El proceso educativo que no observa el componente ético y de formación interna nos arroja a una realidad proyectada que llamamos vida, pero que en realidad nos conduce al no-ser característico de “maya” (lo ilusorio). Somos entes espirituales que evolucionan a través de las formas y los renacimientos, y cuyo desafío mayor es despertar la conciencia, es decir: no identificarnos tan solo con los límites de nuestro cuerpo y de la cobertura física (temporal) que nos rodea, sino integrar todo esto dentro de la existencia superior (real) que la incluye.

El currículo académico enmarca un aspecto concreto de nuestra realidad aparente, de cómo nos presentamos al mundo, incluso puede ser solo un adorno más de nuestro ego y tenga poco que ver con nuestra formación humana. El hombre es una dimensión ontológica en la que se integra su campo biológico, mental, intelectual, emocional y espiritual.


Triunfador o héroe


La mitología de nuestros padres celtas nos enseña que vivimos en un mundo imperfecto y a nosotros (co-creadores menores) nos corresponde perfeccionarlo, siendo tal vez esta la misión que la deidad encomienda a los hombres cuando, supuestamente, se retiró a descansar el séptimo día. A los seres creados, sobretodo aquellos más despiertos, les corresponde organizar el mundo, donar la parte de responsabilidad e implicación que como entes humanos nos toca. He aquí porque las viejas crónicas celtas, en especial las irlandesas, están llenas de luchas contra pueblos misteriosos llamados los Fomoré (fuerzas de la sombra siempre dispuestas a romper el equilibrio del mundo).

Todo hombre que decida romper el orden establecido (especialmente si ese orden es injusto... inacabado) o desafiar los convencionalismos del sistema, despertará de una u otra forma las fuerzas contrarias que, obviamente, lo pondrán a prueba... aunque solo sea para que desista de despertar su naturaleza superior. Esta es la auténtica y antigua lucha de la luz y de la sombra.

Actualmente nos educan para el éxito (o lo que se supone que sea el éxito) y la competitividad... casi no hay hueco para la ética o la filosofía. La perspectiva existencial de muchos parece ser la que se limita a hacer dinero y comprar cosas (sea ropa, casas, acciones o coches). Esto es un “triunfador”... alguien que destaca y, proyectando una imagen, se luce. Sin embargo, en el otro extremo de la balanza, tenemos al héroe; aquel que no tiene nada que demostrar a nadie, que es consciente de sus debilidades y sus fortalezas, pero que también percibe las necesidades de su entorno, aquello que debe ser cambiado, y a pequeña o gran escala, se lanza a hacerlo. Este es un “héroe”... alguien que destaca (o incluso puede pasar desapercibido), y prescindiendo de la apariencia y los intereses, transforma.

Como dice Jean Markale en “Las tres espirales”: ¿Pero en qué consiste ser un héroe? Simplemente en ser una persona que ha tomado conciencia de la función que debe desempeñar en la evolución del mundo y que hace todo lo que está en su mano para alcanzar el objetivo de dicha función.

No es que necesitemos héroes para contribuir a que el mundo se organice en equilibrio y plenitud, lo que necesitamos es cultivar y proyectar nuestra naturaleza heroica e inmortal. Necesitamos despertar la conciencia para así también provocar el despertar de otros más rezagados y, al mismo  tiempo, contribuir a invertir el orden equivocado, restituir las carencias. del sistema. 

Por eso decimos que ni la ciencia, ni la mera instrucción (proceso externo) desvinculadas de la educación (proceso interno) elevarán al hombre por encima de su naturaleza inferior.


No hay sabiduría sin desaprendizaje


Es contranatura resistirse al impulso que conduce al saber humano a un nuevo planteamiento más integral y vivificador, como es la espiritualización científico cultural que va sustituyendo al ya caduco enfoque científico-materialista, sólo válido para la comprensión de la vida del hombre de un determinado marco histórico y cultural de pasados siglos.

Hay enfoques que incluir, sistemas que desechar y saberes que reestructurar. Lo que valía para el s. XVIII, XIX y XX, debe reinterpretarse si queremos que tenga cabida en el XXI, porque si por inercia cultural volvemos a aplicar las mismas cosas, estas podrán ser incluso validadas, pero no dejarán por ello de ser disfuncionales en la nueva realidad. El deseo de plenitud del binomio intelecto-espiritual forma parte de la estructura ontológica del hombre. Por ello, en los nuevos tiempos que se configuran, su atención, educación y desarrollo serán un hecho o, de lo contrario, un error del todo insostenible en el nuevo esquema global que se concretiza paso a paso.

Esperan muchos desafíos en el discurrir  del nuevo siglo que se descortina, pero en cierta forma, una gran parte de los mismos lo representará la lucha del hombre postmoderno contra su propia presunción.

El hombre, aunque se cultiva y socializa con el pensamiento y la instrucción de sus facultades a través de las diversas ramas del saber académico, se auto-conquista y crece mediante la educación moral y la reflexión filosófica que son la brújula de nuestro genuino desarrollo humano.


"Aprendamos en la tierra la ciencia de aquello que perseverará con nosotros en el cielo."

San Jerónimo


Es necesario despertar el alma humana adormecida por una retórica funesta, fruto de lo postmoderno. Para eso tenemos la educación, si, pero habría que devolver las bases educacionales al espiritualismo y, específicamente, hoy al Espiritismo que nos ilumina respecto a la vida bajo sus dos formas: la visible y la invisible. Él contiene en germen todo el futuro; es la paideia en su plenitud, en su capacidad de conducción del ser, en su periplo evolutivo, hacia la felicidad, hacia la dicha eterna.

Miguel Vera, filósofo (Facebook)


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