La física trascendental que emana de lo cuántico...las aportaciones de la psicología transpersonal... la nueva espiritualidad centrada en el despertar de conciencia, más que en los dogmas y cultos externos... los éxitos editoriales y cinematográficos enfocados a la existencia de los espíritus y las personas que pueden establecer contacto con ellos... las paraciencias entrando en la consideración de ciertos sectores de la medicina, etc, etc. Parece que una voz inarticulada e inmemorial va abriendo y cubriendo espacios de la vida cotidiana hasta hoy insospechados; una voz que nace del infinito y, al mismo tiempo, llega como un eco a los corazones humanos; una voz a menudo silenciada, demonizada e incomprendida a lo largo de los tiempos. Quizá ya iniciamos la andadura de lo que será el paradigma venidero (aunque ya intuido); aquel que superará las viejas estructuras materialistas representadas por la cultura instrumental (casi siempre influida por el capitalismo y/o las ideologías negacionistas de ciertas élites); aquel que abordará otros campos hoy rechazados por la ortodoxia oficial y planteará otros a partir de nuevos (y necesarios) modelos organizativos más integrales. Un paradigma sensible a la apertura de una nueva cultura que, ahora sí, considerará el factor espiritual como parte inseparable del engranaje humano.
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La ciencia que muchos intuyen y que todos necesitamos
Transitamos por una época conturbada (sobretodo a nivel ético-moral y expiatorio), aunque, al mismo tiempo, profundamente enriquecedora en términos de transformación social y renovación espiritual. Navega el hombre de estos azarosos días dividido, a veces profundamente escindido, entre sus dos realidades: su Yo-real (espiritual y eterno) y su Yo-apariencia (material y efímero)... Al mismo tiempo, en el entrechocar de las dos concepciones del ser y los destinos, recordamos los espiritistas la sabiduría y la previsión que tuvieron los Guías invisibles de la humanidad al colocar la alianza de la ciencia y la religión, como una de las propuestas de la doctrina codificada por Allan Kardec hace casi dos siglos. Hoy, esta apuesta superior de la que estamos hablando, la vemos más necesaria que nunca ante el derrumbe de los viejos esquemas que desde hace lustros viene conduciendo el pensamiento occidental. Época a veces terrible la nuestra, pero que sin duda guarda en si el resplandor y la belleza de un nuevo tiempo que se desplegará en el porvenir inevitable.
Navegamos la mayoría de los hombres, colectivos y países profundamente adormecidos por las consignas del consumismo atroz y la cultura de superficie (materialista) al servicio del poder que, sin percibirlo, nos va introduciendo en un estado que podríamos definir de “autismo” espiritual. Si en el pasado campeaba victorioso el fanatismo religioso a los que todos los poderes obedecían, hoy, ese lugar parece haber sido tomado en parte por el absolutismo cientifista que campea rimbombante en todas las áreas y al que se acude como poderoso elemento persuasivo (como el sexo) a la hora de vender todo tipo de productos que quizá contribuyan a hacernos más atractivos, más modernos, etc., pero resultan estériles a la hora de llenar el vacío interior, acercar a los hombres o librarnos de los abusos y el sufrimiento.
Hacia un paradigma integrador
¿Qué cambia en lo profundo que la manipulación esté a cargo de las castas sacerdotales o de las jerarquías culturales al servicio de las políticas tecno-científicas (cuyo fin principal al fin y al cabo es el comercio)? Ambas propuestas han demostrado su incapacidad para contribuir a una humanidad mejor... seguramente porque ambas, ya sea desde el púlpito de las iglesias o desde el de las academias, están inclinadas más a la satisfacción de sus intereses que al desarrollo potencial de los individuos y las sociedades.
La hombre le cuesta trabajo percibir su auténtica realidad extrafísica, aquella verdad oculta e intemporal que le dice desde lo profundo que es un ser inmortal, y que estamos todos destinados al crecimiento constante y al desarrollo de nuestra plenitud a lo largo de los entreactos existenciales que denominamos “vida”. No lo tenemos fácil, puesto que el entorno socio-institucional y el mismo sistema se organiza de tal manera que obstaculiza la visión interior de nuestra naturaleza eterna, aquella más global y liberadora... la única que nos capacita para ver más allá de las apariencias.
Todas las enseñanzas de los grandes Maestros e iluminados de la historia: Khrisna, Buda, Jesús... no tenía otro propósito que la de descubrir al hombre su auténtica realidad como ser eterno en busca de la luz y el conocimiento; al mismo tiempo que (como es el caso concreto de la doctrina espiritista), señalar los senderos que nos conducen los unos a los otros como miembros de la gran familia universal.
Resulta complicado mirar con ojos espirituales la (aparente) realidad de cuanto nos rodea si antes no nos desprendemos de los añadidos culturales erróneos, así como de la perspectiva limitada de nuestra mente condicionada. Lo que llamamos realidad es sólo un aspecto de lo real... y lo real se expresa en múltiples coordinadas que, a menudo, escapan a nuestros limitados sentidos.
Nosotros mismos, tal como nos observamos cada día en el espejo, sólo somos una proyección celular de nuestro espíritu; el Yo real o potencia eterna.
La tecnología, lo planteamientos democráticos, etc., nos ayudan en el proceso de avanzar, pero no van más allá... Hay un paso que sólo puede darse desde el espíritu, desde el cambio conciencial. Podemos alcanzar el simún del desarrollo tecnocientífico y esa parte nuestra permanecer huérfana; pero sin ella, no podremos hablar de progreso verdadero... pues este no se alcanzará jamás si nos distanciamos de nuestra verdad interna, de nuestro foco de luz.
La relación entre la ciencia y la espiritualidad debería ser una relación de aceptación mutua y entendimiento verdadero. Es una insensatez por nuestra parte esperar la misma verdad, el mismo planteamiento por parte de ambas, porque se rigen por distintos protocolos de actuación.
Nuestra concepción del mundo y del existir está insuficientemente planteada. Se hace imprescindible despertar a las verdades eternas que configuran nuestro ser esencial, para que todo se reubique en más orden, justicia y plenitud... Son los requerimientos del nuevo paradigma, y es por eso que se va perfilando un nuevo modelo de ser humano y de ser en el mundo, donde el hombre no es un mero accidente biológico, sino una realidad que participa de la realidad inmediata al mismo tiempo que permanece vinculado a la esfera del espíritu.

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