2/1/12

SOLIDARIDAD DE LAS ALMAS


El ideal espiritista hunde sus raíces en las verdades eternas y universales. Es el gran paradigma que recuerda al hombre de ayer y de hoy la inmemorial y estrecha solidaridad que une a las dos humanidades: la de la Tierra y la del Mundo invisible. 

Con el estudio y análisis de la doctrina espírita sabemos que, ni ayer ni hoy, caminamos solos, puesto que la trayectoria histórica y vital se hace a dos bandas: la humanidad encarnada (“hombres”) y la desencarnada (“Espíritus”), siendo ambas en realidad la misma cosa en planos distintos. Partiendo de este pensamiento- base, resulta natural entrever que cuando se hace necesario la renovación social de países y colectivos, los Espíritus de orden superior y también aquellos otros menos elevados pero comprometidos con las luchas terrenas, secundan los movimientos humanos en el afán de justicia, progreso y solidaridad.

En la llegada de Espíritus elevados  durante la “noche” de la Edad Media (Francisco de Asís, Juana de Arco, Juan Huss…) en las luces del Renacimiento europeo, en la Ilustración, en el proceso de unión Europea de nuestros días, etc, etc… vislumbramos la mano del mundo espiritual colaborando en la lenta transformación de la casa planetaria, elevando y dignificando los destinos del hombre.

El surgimiento de la proclamación universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789), que señala el arranque de la etapa contemporánea de nuestro proceso histórico, tuvo su continuidad y perfeccionamiento 68 años después con el nacimiento de la doctrina universal de los Espíritus, añadiendo al componente político-social del período revolucionario el de los Derechos y Obligaciones Espirituales del Hombre.

Pese a sus conquistas superiores, imbuido en la materia densa que constituía su realidad más inmediata, el pedagogo positivista más adelante conocido como Allan Kardec, poco podía imaginar desde su ser consciente que en su interior latía el druida de lejanas épocas…, cuando ejercía su ministerio en la isla de Man (mar de Irlanda), uno de los focos principales de la espiritualidad celta. El codificador de la doctrina espírita fue gestando su genio siglos atrás, preparándose para las tareas que le tenía reservadas el porvenir… cuando la humanidad estuviera más curtida en saber y experiencia y los Guías superiores iniciaran la gran obra redentora del Espiritismo.

La inmortalidad del alma, la pluralidad de existencias y la comunión incesante con los Espíritus fueron los grandes ejes donde se sostenía la antigua religión celta. Principios sobre los que, siglos después se levantaría la filosofía espiritista, uniendo a esto el mensaje de Jesús (descontextualizado del dogma religioso) y los conocimientos de la ciencia. De esta manera la Tercera Revelación se fue configurando hasta nacer formalmente a mediados del siglo XIX, recordando al hombre la necesidad de volverse hacia las verdades eternas e imprimir a su destino rumbos más elevados. <<Porque el Espiritismo no constituye otra cosa que el regreso a las creencias célticas, enriquecidas por la tarea de los siglos, los progresos científicos y las conquistas del espíritu humano>> (León Denis: “El mundo invisible y la guerra”).

Reflexionemos sobre el gran valor cultural y liberador que encierra el término “solidaridad”, pues en él reposan las semillas de un mundo mejor para todos. Como espíritas debemos sentirnos hermanos de todos, aún de aquellos que profesan diferentes credos, y también como espíritas debemos prestar atención a las tareas de unión entre los que profesamos la doctrina de los espíritus: acercamiento entre grupos, unificación en sociedades, federación, etc., cuestión a la que Kardec tanta importancia daba (ver “Obras póstumas”). Recordemos que fue precisamente la solidaridad el aspecto más descuidado de los pueblos celtas, siendo la falta de cohesión lo que precipitó el final de su realidad (en cuanto a colectivo y raza con identidad propia).

Mientras estemos como nación o como credo, divididos a su vez en incontables sub-naciones o sub-credos, estaremos alejándonos cada vez más los unos de los otros, arrastrados por las pasiones desacerbadas que provoca la tiranía del ego. Lejos de evolucionar permaneceremos cristalizados en nuestros personalismos pues una cultura cerrada es una cultura fantasma hecha de corazones a su vez cerrados.

La solidaridad y la integración socio-cultural es la piedra angular de aquello que llamamos progreso. Sin la tolerancia, el diálogo y la solidaridad estaremos hablando, a lo sumo, de un falso bienestar social y de una débil democracia.

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