Vivimos una época particularmente hiperactiva inconstante y febril, y esto vale igualmente para el ámbito de la salud y los teóricos que la enfocan. Cada día surgen nuevos traumas, nuevos síndromes y nomenclaturas. Por pura estadística, a la fuerza todo individuo de a pie sería extraño que no tuviese uno o algunos de ellos. Parece que se pone más énfasis en añadir y retocar nuevas afecciones que en paliar las existentes. En este paroxismo cientifista surgen cada día nombres y siglas nuevos, de tal forma que podemos hablar abiertamente de cuales son los que están de moda; como el TDHD, el TOC o el TMD. Y estas nuevas nomenclaturas van acompañadas (como no podía ser menos) por sus correspondientes fármacos, la mayoría de más que dudosa o incluso abiertamente nociva efectividad. Para algunos pensadores (científicos o no) no son más que "superestructuras culturales pseudociéntíficas" que impiden que el psiquiatra se siente en el lugar del paciente y se mire a si mismo más allá de los laboratorios farmacéuticos (de hecho, hay quien receta a diario tal o cual tratamiento, pero que en cambio, se lo pensaría dos veces si fuera destinado a sus propios hijos).
En unos servicios sanitarios cada vez más privados y elitistas, es común sistematizar presuntos “síntomas” y/o desequilibrios, en un afán por crear “pacientes”...que en la práctica es crear “clientes”. No todos los profesionales actúan así, pero tampoco vamos a ser ingenuos y obviar que es el mercado quien manda.
No es dopando el S. N. Central a base de ansiolíticos que vamos a solucionar el conflicto, tan solo enmascaramos los síntomas, incluso puede que realmente enfermemos a la persona a golpes de quimismo. Puede que esto pueda considerarse “científico”, pero se trataría de una ciencia estandarizada, notablemente limitada y abiertamente subordinada a los intereses del sistema de salud y la industria farmacológica.
Sería mucho más “científico” recurrir a una terapia cognitiva con apoyo multidisciplinar, cubriendo el aspecto de socialización sana , al auto-encuentro y auto-desarrollo (aceptación, autoestima, etc), porque, precisamente, si estamos hablando de un problema mental o psico-emocional, más que nada estamos habando de un desajuste espiritual de base... algo que no va a solucionar jamás la psiquiatría (por sí sola, queremos decir), sino recurre al mismo tiempo a un tratamiento global, multidimensional.
Los médicos, como también los jueces y los maestros, pero sobre todo ellos, tienen mucha responsabilidad espiritual...una vez agotada esta existencia, mucho se les pedirá en la otra, sobre todo por su misma conciencia*, porque nunca es casual que se hayan decantado por esta profesión (de la que tantas criaturas dependen para su felicidad y/o equilibrio) y no por otra.
Una cuidadosa y programada elección de ocio y tiempo libre, buscar tiempo para practicar hobbys que el paciente guste, como hacer cosas nuevas: baile, talleres de desarrollo personal (yoga, etc), viajes... así como el apoyo de la filosofía y/o el cultivo de la propia espiritualidad pueden ser elementos clave para otorgar la curación, porque no todo se reduce al acto de tomar un medicamento (solución inmediatista), sino también y al mismo tiempo cultivar el interior, que tiene un efecto más duradero que aquel que aporta la sola atención primaria de los servicios de salud (pública o privada).
Como espiritualistas y estudiosos de la ciencia espiritual que el Espiritismo proporciona, afirmamos abiertamente que hay vida más allá del DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales).
Los psiquiatras deben tener en cuenta a la hora de tratar a sus pacientes, en una sociedad globalizada, donde hay diversos tipos de fe y culturas, que las creencias religiosas de éstos condicionarán sus síntomas y, también, su respuesta a los tratamientos que se les encomienden (como muchas investigaciones a lo largo del mundo lo demuestran).
La diferenciación entre síntomas psiquiátricos y experiencias religiosas puede estar condicionada por prejuicios del contexto social (que influyen igualmente al medio científico y profesionalizante). La psicopatología fenomenológica puede ser un instrumento útil para diferenciar los estados patológicos de la experiencia espiritual normal. La relación entre las neurociencias y el estudio de los fenómenos religiosos y espirituales es prometedora y muy reciente, un fascinante como necesario reto para la psiquiatría del siglo XXI.
El famoso DSM-IV de la (American Psychiatric Association, 1994) incluye una nueva categoría diagnóstica que incluye problemas religiosos o espirituales, con el objetivo de cambiar la tendencia de los profesionales de la salud mental a ignorar o convertir en patológico problemas espirituales.
La aproximación Aristotélico- Tomista se convierte en prácticamente un monopolio del pensamiento Católico hasta los años 60 del siglo XX. Se puede comprender que las ciencias empíricas quisieran diferenciarse de la tradición teológica secular, que tanto atrapó el pensamiento y la libertad del individuo y las sociedades, por eso, a manera de autoafirmación, y de una forma dialéctica rechazan y descalifican las creencias religiosas. De aquí Freud y su famosa consideración de la religión como una obsesión universal, que junto a la elevación del paradigma positivista a la categoría de dogma, conformaron quizás una visión irracional y negativa de la espiritualidad en el contexto de la psiquiatría occidental, como expone José Antonio García Vázquez: “Psicopatología y espiritualidad” (Informaciones Psiquiátricas - Tercer trimestre 2007. Número 189)
Ana Gabriela Brienza (Uruguay), afirma en “Matemáticas aplicadas a la vida real” (un material que ha sido declarado de interés por el Ministerio de Educación y Cultura de su país), que es factible encontrar un concepto matemático de Dios. <<No puedo considerar que la mía sea una demostración empírica de la existencia de Dios, pero sí puedo asegurarte que la idea de que "Dios no existe porque nunca nadie lo vio", ha dejado de ser valída.>>
Maslow hablaba de satisfacer nuestra necesidad de trascendencia y opinaba que esta parte espiritual o valorativa es parte de nuestra biología. Es imprescindible que los terapeutas y profesionales de la salud del s. XXI comprendan y asimilen lo acertado de satisfacer estas "meta-necesidades" ( que, en realidad, es paralela y no posterior a la búsqueda de satisfacción de nuestras necesidades básicas).
La versión convencional que tenemos sobre la herencia genética ya fue superada desde el Proyecto Genoma Humano a principios de los 80,s y las investigaciones posteriores del reconocido Doctor en biología celular Bruce H. Lipton, pero, sin embargo, es la que todavía se enseña en las escuelas (es decir, que asimilamos desde pequeños aquello del control humano por los genes). Pero esto no es así, como defiende y publicó Lipton innumerables veces. Los nuevos mecanismos revelados por la nueva rama científica conocida como “control epigenético” (epi, “por encima” en griego), nos dice que la vida está controlada por algo por encima de los genes. Nuestra mente, conducta y el ambiente externo pueden modificar la carga genética.
Dice la psicóloga M. Bailey Jáuregui en su: “Humanismo y espiritualidad puestos al día”: <<el humanismo actual intenta aliarse con esta luz para con ella limpiar todas las pautas de detenimiento, patologías, neurosis o problemas en la vida del sujeto. Sabemos que en la medida en que el sujeto esté en contacto con su espiritualidad, su luz, tiene más posibilidades de ser feliz y sano. Lo que nos enferma en cualquier sentido tiene que ver con algún nivel de desconexión con esta sabiduría innata>>
<<En el DSM-IV ya aparece una nueva catalogación diagnóstica referente a lo religioso o espiritual, lo cual nos habla de que el "status quo" tradicionalista ya están asumiendo estos temas, ya no están arrumbados en el desván de lo sobrenatural (Brennan). En la psicoterapia humanista y transpersonal seria, se respeta profundamente a los sacerdotes, gurus, maestros espirituales, chamanes, etc. y no se pretende sustituirlos, porque sabemos que todos los caminos van y vienen de Roma>>.
Se hace acuciante ante la nueva cosmovisión y realidad del ser humano de hoy, depositar nuestras miras más allá del estrecho campo de visión del establishment terapéutico. Estamos demasiado condicionados y dependientes del concepto de salud y esto hace que busquemos en el inmediatismo químico la solución a nuestras carencias o desarreglos, obviando el potencial interno que todos traemos. La realidad de vernos como seres de luz en tránsito por la experiencia humana, hace que los menos “aborregados” se acerquen al sagrado poder que subyace en el ser humano, este poder nos devuelve la visión de que somos seres con poder de co-crear nuestras realidades personales y sociales, que hay otras posibilidades, otros caminos aparte de entregarse sin más al sistema. En la medida que las personas retoman su responsabilidad consigo mismos (su poder), actúan.
Según Rollo May lo que nos sostiene es el amor (o su búsqueda) lo que nos empuja hacia una nueva dimensión de la conciencia, ya que ésta está originalmente basada en la experiencia del plural, del nosotros, del origen.
Hoy, en medio de este cambio y/o integración-desintegración de estructuras psico-culturales que anuncia un orden nuevo de cosas, sería de descuidado comodismo o profesionalidad rancia el que estos temas no sean tocados en terapia.
* Ya sabemos como marca y determina en el en el Más Allá el peso de una conciencia herida...

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