No compartir ninguna filiación religiosa o profesar un honesto agnosticismo resulta totalmente lícito, y se explica por el patrimonio de adquisiciones y conquistas que cada persona porta en su ser inmortal, el bagaje (consciente e inconsciente) que forma también parte de su estructura cognitiva-emocional y cultural. En cambio, rechazar cualquier idea sobre la trascendencia más allá de todo lo que no forme parte del universo físico y tridimensional inmediato, (a la vez que igualmente lícito y producto del libre albedrío) representa al mismo tiempo para la persona la negación a si misma de importante y natural adquisición evolutiva.
Lo que sí resulta del todo desaconsejable es hacer “doctrina” de esta idea particular, divulgando la apología materialista de la destrucción llevados por nuestro ego inflamado y/o por erróneas ideas personalistas sobre la nada. Somos libres para inclinarnos por diferentes concepciones de la cultura y la experiencia humana, pero por causa de las leyes universales de acción y reacción, en algún momento de nuestro eterno existir, recogeremos la responsabilidad de haber sembrado la desesperanza en las conciencias, y todo por el fatuo materialismo ideológico (de consecuencias tan negativas para el colectivo humano, como los excesos de la fe ciega).
Porque naturalmente, (al menos los espiritistas) nunca recurriremos a la idea ingenua de un “cielo” ideal a semejanza del catecismo católico, como tampoco compartiremos cualquier creencia dogmática que se erija en conductora de nuestra razón, pero sí resaltamos la importancia de preservar la noción de trascendencia, aquella que de manera intrínseca forma parte del concepto mismo de evolución y es patrimonio natural de toda criatura humana.
En diversas obras de André Luiz y otros autores espirituales, se describe el estado rígido y lamentable que presentan en su forma periespiritual aquellas almas que en la tierra se entregaron al entorpecimiento de la descreencia y su lucha contra todo lo que representara la idea de la supervivencia del ser pensante o la fe en una potencia creadora superior al hombre. Y se hallan en ese estado (como dormidos, sino visiblemente trastornados) porque permanecen magnetizados por sus propias concepciones negacionistas. <<La fe sincera es como la gimnasia del Espíritu. Quien de algún modo no la ejercite en la Tierra, se encontrará más tarde sin movimiento. Semejantes criaturas necesitan del sueño, de profundo reposo, hasta que estén en condiciones de despertar para el examen de las responsabilidades que la vida impone>> (“Los mensajeros espirituales”, de A. Luiz)
¿Tenemos realmente legítimas inclinaciones materialistas, o estamos tan influidos por ciertas corrientes de la política y/o la cultura que creemos estarlo? Los estereotipos y prejuicios son constructos sociales, y por lo tanto (no importa si provienen de la calle o emanan de las academias) conllevan en si mismos una opinión prestada y, lo q es peor: simplificada y, casi siempre, distorsionada de la realidad.
Para la corriente filosófico-científica que forma parte del Espiritismo, sólo la fe razonada es la única capaz de conciliar libertad personal, el progreso (integral, y no apenas biológico) y la capacidad de ver más allá del horizonte inmediato. La única igualmente fiel al dicho evangélico de prenderse (prestar atención) al espíritu, es decir al mensaje, y no a la letra. Necesitamos cultivar la parte espiritual porque esto no tiene nada que ver con la imposición fanática o la superstición, sino que es necesidad evolutiva de nuestro yo profundo y eterno, y por lo tanto, precisamos de la perspectiva espiritual para dimensionarnos de manera más global y auténtica con nuestros problemas y desafíos cotidianos.
Anular la capacidad de libertad y discernimiento personal y aceptar los dictados de una fe ciega, es tan alienante como seguir por sistema el aparato limitador del materialismo académico.
No nos quepa la menor duda: tanto el autoritarismo religioso como el materialismo ideológico son los extremos de la misma balanza… y sobre ambos planea el mismo fantasma: la ignorancia, siempre enemiga de la libertad y el progreso.
La fe natural o razonada, no sólo nos conecta con las corrientes de la vida superior, más allá de las cadenas del ego y los instintos, sino que nos hace estar menos condicionados a la fuerza de los efectos (remontándonos a las posibles causas), entendiendo los problemas como desafíos y oportunidades de crecimiento, a la vez que nos hace más receptivos a la cadena de solidaridad universal que nos une a todos.

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