<<El Espíritu pasa por una serie inmensa de reencarnaciones, bien en la posición femenina, o en la condición masculina, lo que sedimenta el fenómeno de la bisexualidad, más o menos pronunciado, en casi todas las criaturas>> Emmanuel (Vida y sexo).
La identidad sexual hace referencia al juicio que cada individuo realiza de su propio cuerpo y que le permite identificarse como hombre o mujer en función de sus características físicas. No obstante, la sexualidad está mediatizada en gran parte por el sentido personal que culturalmente le otorga la mayoría.
El sexo es un vehículo para la comunicación, incluso para la diversión sana y el esparcimiento entre las tensiones y desafíos de la vida diaria (siempre que seamos conscientes de que al ser un elemento poderoso, por lo mismo, es frecuentemente utilizado para manipular y-o mercadear con emociones baratas, desorganizadoras e incluso vampirizadoras). Pero también es la puerta sagrada, el vehículo para la trascendencia… pues si nos entretenemos solo en la faja de emociones animales, nunca alcanzaremos el despertar y la liberación que son ingredientes del verdadero progreso y del verdadero placer; aquél que no se agota en el orgasmo, aquel al que todos estamos destinados desde nuestra condición de hijos de la Divinidad.
Como sabemos por El libro de los espíritus, el alma no tiene sexo, tan sólo experimenta numerosas inmersiones biológicas en una u otra forma del que se sirve en la planificación de cada existencia. Por lo tanto, definiciones como “heterosexual”, “anormalidad”, etc, etc, deben revisarse para, al menos, despojarlas de los añadidos limitadores (cuando no abiertamente negativos) que no son sino la expresión de nuestra gran ignorancia de las leyes que rigen el universo, y por ende, de lo desconocidos que aún somos para nosotros mismos.
La sexualidad responde por determinados patrones kármicos y forma parte de un proyecto global en cada individuo de cara a la ley de evolución. Es un dispositivo elemental aunque del todo transitorio. Podemos ser eventualmente de sexo masculino o femenino (y de hecho pasamos todos por ambas experiencias), pero esto no define el ser interno.
Una cosa es meridiana: el espírita debe elevarse por encima de este y cualesquiera otros prejuicios del colectivo social que conlleven etiquetas que expresen desvalorización y-o desprecio hacia aquellos que no encajan con el molde general (ni siquiera lo “normal” o lo más abundante es siempre lo más bueno o lo más apropiado). Y esto, primero por justicia moral y tolerancia, y segundo porque sabe que la apariencia morfológica y los roles que a ella asociamos son apenas rótulos culturales que, además de ser efímeros y arbitrarios, no definen por si solos la vasta realidad del ser interno y eterno que alberga.
¿Que sería del ser humano si permaneciera aferrado a la apariencia, anestesiado por etiquetas y juicios de valor que le impidiera ver más allá de la forma? ¿Cómo elevarse por encima de las miserias terrenas si cargamos con la burla, la injusticia social o el maltrato?...y por lo mismo, ¿cómo aspirar a la felicidad y libertad de los Espíritus superiores?
A veces, dejándonos envolver con la corriente discriminatoria que se cree con la autoridad racional y moral de establecer diferencias y perpetuar prejuicios, ignoramos que, en cualquier momento de nuestra singladura, pueden conjugarse ciertos factores sociales y determinados implementos psicológicos y-o espirituales capaces de despertar en el individuo (con una facilidad pasmosa) las tendencias reencarnatorias depositadas en su inconsciente profundo, por mucho que estas no concuerden con su anatomía genital o su opción sexual actual.
Según las teorías del aprendizaje social, la familia, la escuela y la sociedad proporcionan modelos de conducta relativos al “género” (que es una construcción social, al contrario que el “sexo” que se explica en términos biológicos); lo que viene a significar que nuestra conducta sexual además del origen natural tiene también un fuerte componente social añadido, influida por los modelos de crianza y los moldes culturales a los que, se supone, cada sexo debe tratar de ajustarse en el proceso de socialización. Lo que ocurre es que nuestro ser profundo es un contexto multidimensional, mucho más vasto y complejo que la mera construcción sociocultural que, con frecuencia, se queda en apenas una mera psicología de superficie.
¿Quién puede definir donde finaliza exactamente la emoción “hetero” y comienza a delinearse la emoción “homo”? ¿Con qué capacidad podemos decir con exactitud dónde termina lo normal y comienza lo “raro”? ¿Qué es “raro”?… ¿aquello que no comprendemos?, ¿aquello que no aceptamos de nosotros mismos?
Seamos abiertos y tolerantes, pues la invitación de paz e igualdad que nos anuncian los Buenos espíritus que guían a la humanidad no hace distinción alguna entre sexos, pues en todos está igualmente presente la capacidad para acertar o errar; en todos está pendiente la sublimación del instinto (heteros, homo o bisex) importando poco la polaridad que presentemos y si la capacidad de ser o no una persona de bien.
El pedagogo Kardec en la obra de la codificación espiritista dejó constancia que ningún planteamiento excluyente o que conduzca al rechazo tiene justificación ante las leyes espirituales que rigen la existencia, donde todo obedece a una causa cierta y donde todo es vehículo de expresión del ser en su ascenso a la luz.
La homosexualidad es tan limitada como la heterosexualidad. El ideal debería ser amar a una mujer o a un hombre, como seres humanos, sin miedos, restricciones u obligación. (Simone de Beauvoir 1908-1986, novelista francesa)
Nuestra psicología espiritual no es algo que quede limitado al género preestablecido socialmente ni al simple dimorfismo sexual: hombre/ mujer. (Perceval Juan)
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