El electromagnetismo, la psicología transpersonal (4ª fuerza de la psicología humanista), la termodinámica, junto a las investigaciones sobre el campo bioplasmático (confirmación de la ciencia rusa sobre el llamado “cuerpo astral” o periespíritu para los espíritas), sondean desde hace tiempo la existencia de otras campos energéticos rodeando el cuerpo somático, formando un todo energético-biológico.
Hay una medicina académica que auxilia poderosamente la envoltura física y los efectos de los diversos desequilibrios (las causas son ya otra historia), y hay igualmente, una medicina holística que, además, sondea los otros cuerpos sutiles que aunque no sean percibidos por el ojo humano, conforman nuestro ser. Esta medicina no se limita al efecto de los fármacos ni queda circunscrita al estrecho campo tridimensional de nuestras percepciones. Sin lugar a dudas, hay un momento para recurrir a la química patentada y otro para la “química” espiritual, aquella que va más allá del cuerpo somático y alcanza también los envoltorios magnético-vibracionales que lo conforman.
Cada vez son más los profesionales de la medicina que amplían el espectro mecanicista de la cultura instrumental que hoy impera, y une la intervención oficial con la práctica natural de la medicina alternativa (ayurvédica, homeopática, etc.). Esto es un paradigma innegable en nuestros días.
El humano de mente elevada y conciencia despierta puede considerarse como el verdadero vidente, pues ve la realidad en su conjunto, tal como es y no fragmentada en muchas partes. Lo mismo ocurre con asunto al cuerpo. Para Deepak Chopra, endocrinólogo y pionero de la medicina mente-cuerpo (considerado por la revista Time como una de las 100 personalidades más influyentes del s. XX), hablar de despertar de conciencia es hablar de inocencia, entendida como nuestro estado natural antes de que quede cubierto por nuestro “yo”. Mientras permanezcamos dormidos sólo captaremos lo que llamamos realidad de manera fragmentada, totalmente condicionados por nuestro viejo ego. Esta imagen de uno mismo hace que percibamos y sintamos la vida de manera limitada.
Cuando miramos de manera integral (es decir, con los ojos del alma o ser profundo), más allá de la apariencia que proyecta el ego, nuestra vista se depura y se expande, pues no la nublan ya juicios, rótulos y definiciones.
El declararnos ateos o materialista no aporta ningún valor a la cultura del hombre actual (no importa que se haga desde la filosofía o desde la ciencia). Por esto, construcciones aleatorias y totalmente de carácter personal como “esto no existe” o “aquello no es científico”, con frecuencia sólo son intentos de explicar la realidad que tratamos de comprender, al resultarnos erróneos (o insuficientes) los elementos de análisis que empleamos.
<<Las fronteras que señalamos para dividir el cielo de la tierra, la mente de la materia, lo real de lo irreal, son simplemente mecanismos>> dice Chopra. Y es que no debemos limitarnos a lo que podemos ver, porque la realidad total es inalcanzable por los simples, condicionados (y por lo tanto, limitados) sentidos físicos.
Pese a todo, la misma fe es también patrimonio, quizá en niveles más circunscritos, de los mismos científicos, al formar parte del impulso matriz que les lleva hacia adelante a través de sus pesquisas. En cualquier caso, y por mucho que lo nieguen aquellos que no creen en nada que no pueda ser tocado por su bisturí, el mismo cuerpo biológico se organiza en invisibles abstracciones de información y energía (al igual que lo hace el ADN).
Hemos dicho alguna vez que la cultura de nuestro tiempo no nos prepara para las verdades universales. Las religiones, por un lado, se limitan a adoctrinar y enseñar dogmas; mientras q la ciencia, por el otro, no ve más allá del materialismo de sus enfoques. No es de extrañar pues la extrañeza de las personas que al dejar su cuerpo por el fenómeno biológico que llamamos muerte, se sorprenden en el “más allá” disponiendo de un cuerpo en todo similar al que tenían. Y nada de extraño hay en ello, pues también se continua recibiendo sensaciones más allá de la carne a través de un cuerpo sutil que rodea nuestra alma y que recibe el nombre de periespíritu, para la ciencia espírita ( “astral” para el Budismo), envoltorio fluídico del alma.
Porque tú eres mucho más que tu cuerpo… Una cosa es el tú (esencia) y otra el tú (imagen). De la misma forma que hay otro amor más allá de la química sexual o hay una medicina del alma más allá de la que queda restringida a los cuerpos.
Obviando al factor espiritual, la ciencia podrá dar pasos importantes, pero nunca decisivos, porque permanecerá demarcada a la escasa margen de los efectos y no de las causas, demasiado ceñida a los límites de la organización biológica.
Toda enfermedad mental es producto de un desorden del ser interno (alma) que termina eclosionando hacia la expresión externa o envoltura biológica (soma). La ciencia dogmática permanece en exceso enfocada en el quimismo, obviando que tratando sólo la sintomatología del cuerpo, el tratamiento será siempre incompleto.
Por todo esto: gloria infinita a todos aquellos investigadores del pasado y del presente (médicos, físicos, biólogos…) que superando los límites del materialismo cientifista de siglos anteriores alcanzando el positivismo espiritual, el único capaz de despertar el alma del sueño de la razón.

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