15/1/12

DOCTRINAS DEL MUNDO, DOCTRINA UNIVERSAL


Echando un vistazo al panorama cultural e ideológico de la convulsiva época que vivimos, no es complicado entrever dos fuertes focos empujando tras muchas de las concepciones contemporáneas sobre el ser y el destino. Por un lado, la ciencia (académica) negando la realidad esencial de la naturaleza humana; y por el otro, las religiones (institucionalizadas o no) que, ante los grandes conflictos humanos, proponen el mero acto de fe o el simple culto externo. Entre estas dos caras de la misma moneda (la ortodoxia del campo de las ideas), surgió en plena época de las luces la revelación espírita para minimizar los turbios efectos de la descreencia filosófica, el materialismo y el fanatismo. El Espiritismo, como toda revelación, llegó en el preciso instante… en el florecer del siglo de las luces, un especial (y necesario) momento de inflexión de la historia, en el cual la hegemonía religiosa se veía abiertamente matizada por las conquistas de la ciencia.

En ese momento señalado y que siempre coincide con un avance en la mentalidad humana, que se presenta así más receptiva a las ideas de lo Alto, la Espiritualidad mayor (aquella que rige los destinos del hombre en su búsqueda milenaria de la plenitud) presentó la doctrina universal de las almas; y lo hizo, entre otras cosas, para indicar que el único camino válido se hace desde dentro hacia fuera, pues ningún acto externo sirve a la evolución humana sino hay reforma interior.

Era natural que el Consolador prometido por Jesús hace más de dos mil años, lejos de presentarse por desfiles de ángeles y sones de trompetas celestiales, lo hiciera por las voces de los Invisibles (aquellos compañeros de la humanidad que pasaron al mundo de los Espíritus) adhiriendo en un mismo foco el mensaje del cristianismo primitivo y las nuevas propuestas de la ciencia y la filosofía.

Más allá de los límites, y en ocasiones obstáculos, que presenta el cientifismo estéril y vanidoso de nuestros días, el mismo que se jacta de poder explicar un día toda la complejidad humana mediante las propuestas empíricas (descartando cualquier otro tipo de aportación que no sea la instrumental), así como el dogmatismo de las religiones oficiales, la mente humana se va abriendo cada vez más al contacto con las diversas expresiones de la realidad invisible, aquella con la que convive desde siempre, en simbiosis natural aún cuando ese contacto no se haga de manera consciente en la mayoría de los casos.

Sea como fuere y desde 1857 (con la aparición en las librerías de París de “El libro de los espíritus”), las Almas superiores ligadas al progreso de los hombres, están promoviendo este movimiento libertador de la conciencia humana que es el Espiritismo. Y es que hoy, como ayer, la enseñanza de los Espíritus se alza como estandarte contra la superstición, el fanatismo y la tiranía.

Pese a que toda expresión religiosa es válida como vehículo de mejoramiento humano, el dogma en sí a penas implica nada más allá de obediencia temerosa y obligación, no sirve para el ennoblecimiento interior, el amor a los necesitados del camino, es decir: las auténticas conquistas espirituales. La criatura humana no necesita de dogmas sino de conocimiento y entrega.

Estamos seguros que ni siquiera todos los descubrimientos científicos servirían para hacer feliz al planeta que ocupamos. Hoy, que la ciencia ha adelantado lo indecible en todos los terrenos, este conocimiento es del todo inútil frente a la proliferación de epidemias, los índices del terrorismo y los injustos repartos de poder. Hace falta algo más que los descubrimientos científicos y la seducción del capitalismo más consumista para elevar a la criatura humana de la esfera animal en la que predominantemente se mueve, sin poder alcanzar aún los destinos de su naturaleza superior.

Cualquiera que sea la idea llena de promesas de adelanto social o científico, sino se acompaña de elevación de sentimientos y enriquecimiento espiritual, sólo representará una prosperidad aparente. Es la diferencia entre el Progreso con mayúsculas y la simple utopía.

El Espiritismo es el hilo sublime que une los pueblos, las doctrinas y las legítimas esperanzas de la cultura humana. Descubrirlo, estudiarlo (y sobretodo sentirlo) es siempre una feliz circunstancia que aportará enriquecimiento espiritual y despertará la sagrada llama del amor universal.




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