27/1/12

RELIGARE

Todos sois hijos de la luz e hijos del día. No somos de la noche ni de las tinieblas
(Juan) 
 
 
El etnocentrismo, como forma de prejuicio, es inherente no solo al sentir religioso, sino también al político, científico y al social en general. Este rechazo a lo diferente emanado de las religiones institucionalizadas en general, y la Católica en particular, unido casi siempre al afán de hegemonía (tan alejado y opuesto al de los entes humanos y/o espirituales que los inspiraron), ha dejado una triste y marcada huella en el devenir histórico del hombre.

Sin embargo, es justo convenir que no solo el fanatismo religioso ha sido obstáculo en el proceso de elevación de la criatura humana, pues la soberbia y el ostracismo cultural- materialista surgido más tarde por parte de la ciencia, también ha contribuido al proceso de obnubilación interior que como individuos y sociedad arrastramos. Las teorías negacionistas surgidas de las Academias han reforzado este mecanismo de fuga (de nuestra realidad esencial) y aportado su parte al hombre, incapaz de percibirse como ente espiritual y no sólo fenómeno biológico.

Aceptémoslo desde la compresión libre de prejuicios y sistemas: el absolutismo religioso y el materialismo cultural se han erigido como fuerzas contrarias y/o entorpecedoras de la evolución humana, una tendencia tan característica del paradigma que se desmorona tras siglos de pervivencia.

Aunque Religión y Ciencia, como fuerzas institucionalizadas, han tenido y tienen determinados papeles que resultan acertados o útiles dentro del organigrama social, ninguna de las dos han percibido el hilo luminoso que une todos los credos y las culturas (exceptuando, claro está,  aquellos individuos y movimientos desde ámbitos no oficiales).

En cualquier caso es irrefutable que durante más de mil años, el absolutismo católico (que en poco tiene que ver con el cristianismo verdadero) ahogó el mensaje sencillo y liberador del Nazareno dentro del fastuoso aparato organizador de la Iglesia, siendo en realidad apenas un mero cambio de “vestuario” que supuso pasar de la pompa de los césares romanos a la de los papas. Distintos disfraces y un mismo propósito: la manipulación y el poder. Su pretenciosa declaración de ser la única vía de salvación, hizo aguas por si misma al apartarse de toda recomendación crística y unirse a los poderes mundanos que representaban los intereses del Estado, en lugar de aliarse con las necesidades del corazón humano.

Es normal que en los siglos posteriores, la religiosidad limita y utilitarista de la curia católica, ya algo agotada en sus pretensiones y excesos (a golpes de liturgia exterior y escasa iluminación interna), se fuera apagando, y con ella, el respeto-temor que ejercía en las conciencias, especialmente a partir del periodo de la Ilustración y definitivamente con los efectos de la Revolución francesa. A la sed ciudadana de justicia social, se une el deseo de reivindicación de la espiritualidad intrínseca en cada individuo, y la necesidad de canalizarla no ya mediante los estamentos de un dogmatismo impuesto, sino a través de la experiencia personal.

Primeramente dentro del anonimato de sociedades secretas, la necesidad de espiritualidad no queda satisfecha tan solo con las aportaciones naturalistas del positivismo del s. XIX, y esto lleva un siglo más tarde (amparados por escenarios ya en su mayoría democráticos) al encuentro de la filosofía proveniente de las fuentes orientales, que preservaron la capacidad de transformación y desarrollo espiritual como fin último, algo muy diferente a la manipulación secular occidental del pontificado romano.

Buda y Lao Tse resaltan la no-dualidad (conexión de todos y el Todo) y la práctica de la gimnasia mental; Jesús enfatiza el amor al prójimo y con esto la práctica del perdón. Las dos vías representan el punto de inflexión necesario que conduce a la liberación y el auto-encuentro de la humana experiencia.

Pese al natural acercamiento a la religiosidad de oriente, el mensaje del Cristo sigue siendo la más depurada expresión de espiritualidad humana, universal e intemporal; por esto, a mediados del XIX, la Revelación Espiritista reivindica los valores del cristianismo primitivo mediante el mensaje de los Espíritus. La doctrina codificada por el educador, hombre de ciencia y humanista Hippolyte Denizard Rivail (más tarde con el pseudónimo de Allan Kardec), surge como la enseñanza genuina, limpia y trasformadora, ajena a cualquier forma externa de religiosidad y sin necesidad de ninguna iglesia que la represente que no sea el templo de la naturaleza y el corazón humano.

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